domingo, enero 06, 2008

 

De los regalos de los tres reyes gatos...

- ¡Montse, Montse, mira, ven, despierta, mira, ven, ven, mira, Montse!

Mi sádica madre hizo que despertara de esta manera, como si hubiera un gato muerto en la mesa e intentara hacerle un réquiem con una canción de Motel. Entonces me incorporé y la ví en el vano de la puerta, mirándome y urgiéndome a que fuera con ella. Mi cuarto y el de mi abuela son oscuros, pero el pasillo del baño, por el que fui conducida por mi madre, irradia luz gracias a un mini domo. Por supuesto que quedé cegada y por unos momentos no ví mas que un color blanco que lo llenaba todo y posteriormente pude apreciar lucecitas de colores. Medio dormida, evoqué la canción que había estado oyendo un día anterior, donde canta el tejón dormido en la tetera en la fiesta de No-Cumpleaños de Alicia en el País de las Maravillas ¡Lindas, lindas, estrellitas! ¡Lindas, lindas, parpadean! ¡(bache desmemoriado)... como alitas de murciélago! Incluso creo que hice la misma cara que el tejón y me quedé parada unos instantes con los brazos un poco separados del cuerpo.

Llegando al comedor, mi madre señaló numerosas cajas forradas de papel brilloso que me aguardaban, burlonas, sobre la mesa. Todavía aturdida, me abrazó deseándome un feliz día de reyes. Tomé asiento y pues hice lo que tenía que hacer: abrir los regalos.

Empecé por el que tenía una dedicatoria del Gato Mayor. La caja era la más grande de las más pequeñas. Retiré el diurex del papel cuidadosamente, recordando que cuando era niña, arrancaba el papel, imprimiendo la emoción en mi destrozo. Al descubrir la caja de repuesto del sustituto de leche para el café me dejé llevar por la impresión. Le dije al gato que no se hubiera molestado, pues tal polvo me produce estreñimiento. El Gato Mayor se puso las patitas en la cara como si pensara ¡el colmo! y me miró, mas no dijo nada. Luego caí en cuenta que era solo la caja del sustituto de leche para el café, en el interior tendría otra cosa. O eso quise creer. Procedí a verificar mis suposiciones y ¡oh, sorpresa! ¡calcetines! Procuré ser sincera con el gato, pero sin herir sus sentimientos, demostrando emoción al tiempo que le decía "No te hubieras molestado... con una caja de chocolates bastaría". Creo que se sintió el Gato Mayor, porque cuando me despedí de él esta mañana, hizo como que estaba muy interesado en el mueble de la despensa.

Proseguí con el de Miranda, la hija de El Gato Mayor. Aquí cabe una aclaración sobre el Gato Mayor. A pesar de que es hembra, su autoridad en mi casa es tal, que preferimos decirle El Gato. Miranda, que tiene problemas de obesidad (hay que ser sinceros), me miró emocionada, llegando en el momento justo en que abría su paquete. Su obsequio consistió en tres pastas dentales de 22g cada una, de sabor menta, cítrico y canela. Amablemente le insinué que se las podía prestar cuando ella quisiera y tras leer los sabores, le recomendé la de menta como la más fuerte y efectiva. Mi madre intervino y apartó la de canela "Sí, Miranda, te las hubieras comprado tú y como regalo, podrías haberle dado a Montse un beso con tu aliento fresco, en otro tiempo fumigante". Miranda se ruborizó, pero traté de animarla agradeciéndole el regalo.

Tengo que referir un hecho tanto preocupante como cómico. Pascuala, mi gato semisiamés, cree que en la casa viven 4 personas y 3 gatos. Los tres gatos pues son ella y su familia y las cuatro personas son mi abuelita, mi mamá, yo y... mi otro yo. Mi Yo se viste con ropa de calle y tenis pesados, que asustan. Mi Otro Yo vive en mi recámara y nada más sale al baño en las noches, con piyama. A mi Yo le huye. A mi Otro Yo lo ama. Le ronronea, la quiere, la adora.
Otro hecho preocupante, es que Pascuala se cree gata, cuando en realidad es gato. Sus uñas son rosas y suele protesta femeninamente cuando pasa algo que no le gusta, como cuando unde la nariz en el agua o alguien la despierta de su siesta (o "lo despierta"... como sea).
Tras este dibujo de este trastornado personaje, he de proseguir...
Pascuala, se acercó cariñosamente y me ofreció con un tono suave de voz, así como sus modos, un paquetito chiconomuygrande. Como todavía yo tenía la piyama, tras el dramático despertar, Pascuala también me obsequió con un beso. Abrí de la misma forma que abrí y abriría todos los paquetes, cuidadosamente. Descubrí una caja de gelatina de fresa. Le confesé un poco avergonzada que la gelatina de fresa no me gustaba, pero ella me explicó, pacientemente, que el verdadero regalo estaba adentro. Aliviada, abrí la caja de gelatina de fresa y cha chan, mi regalo era un estuchito de rubor con espejo. Ella me explicó, sonriendo y mirando al piso, que en nuestros contados encuentros nocturnos me notaba pálida. Entonces oyó un ruido en la escalera que conduce a la azoteazoteasoteaasotea y dijo ¡Oh, no! ¡Debe de tu gemela! Sin atreverse a mirar atrás, se introdujo bajo la mesa y formando un manto el mantel sobre su cabecita blanca miró hacia todos lados.

Como todas sabíamos que ya no iba a salir de ahí hasta que se asegurara de que estaba por ahí o no mi Otro Yo, proseguí.

Tomando la caja más grande, le dije a mi madre "Déjame adivinar, la caja de los Corn Flakes". Tras esta rotunda adivinación, continué abriendo el paquete. ¡Y encontré aquella mochila de los Pumas, azul marino, que quería desde el año pasado!

Quedaba un último paquete, el de mi abuela, el más pequeño de los más grandes. Como los calcetines ya me los había regalado El Gato, no se me ocurrió qué podría contener. Tras retirar la envoltura descubrí un cochecito a control remoto. Los gatos se pusieron felices por mí, porque sabían que era lo que quería. Pero cuando le puse las pilas y lo coloqué en el piso, se les borró la sonrisa y por media hora no hicieron otra cosa que alzar las patitas y mirar curiosas aquél curioso artefacto con vida propia. Se me ocurrió que le pondría peluche y le integraría algún mecanismo para que maullara y entonces lo adoptaran.

Pero qué injusta, si este no es el final de la historia, porque todavía faltaban dos paquetes. Uno de parte de Julio y Mascarita (pilas) y otro de parte de Fígaro, los tres, amigos de la familia. Mascarita fue el primero que nos presentó Pascuala, la más social de toda la familia (humana y gatuna). Tres meses más tarde, llegó Julio. Entre mi abuela, mi madre y yo no quisimos decir nada, pero Julio y Mascarita son muy parecidos a Pascuala, por lo cual pensamos que podrían ser sus medios hermanos. Pero esas son cosas incomprensibles de las cuales se encarga el destino, de manera muy emotiva. Hace unos dos meses, Pascuala llegó con su nueva amistad: Fígaro, un gatito pardo y rayado. Su fisonomía es común, pero es el gato más valiente que he conocido, pues cuando otro de sus congéneres huiría a la visión de un humano él también huye... pero luego regresa, le bufa y se va. Si la ocasión lo amerita o ha sido herido en su amor propio, regresa dos veces o ni siquiera se va, sino que se queda bufando.

Mi madre me dijo que no les dijera a los gatos, pero que ellos habían pensado en vestirse de Reyes Magos, solo que no tuvieron dinero para los trajes y esto los puso un poco abatidos.

Comments:
Me suena al día de reyes de Shizuku Tsukishima.
 
Publicar un comentario



<< Home

This page is powered by Blogger. Isn't yours?