viernes, octubre 05, 2007

 

De la nostalgia...

Al bajarnos de la estación Bellas Artes nos sentimos un poco perdidos, por no tener de una manera visible nuestro destino. Ni a largo plazo, ni a corto plazo. Pero deduje que lo peor sería quedarnos ahí parados esperando que viniera a buscarnos, así que comenzamos a caminar por el lado feo del centro histórico, separado del turístico por tan solo una avenida. Estábamos al otro lado de Bellas Artes, frente al teatro de una institución no muy saludable, pero que está consagrada a cuidar nuestra salud (y no es que me refiera a que la institución como hospital solo nos engañe, solo represente teatralmente farsas, sino que la institución así como posee centros de convenciones, posee también un teatro, cruzando Bellas Artes).

Esa zona que describo ¿No está fuera ya del bellísimo centro histórico? En cualidades de estética sí, y probablemente también en cualidades cartesianas. Claro que en la misma acera queda el Museo Franz Mayer y el de la Estampa, pero eso está a unos valiosos metros. ¿Es que el teatro no es bonito? La construcción no es memorable, y hace que de mi memoria quiera escapar (recordar otros puntos) debido a las personas que están sentados afuera del teatro: desempleados maduros que tratan de vender las cosas que pudieron comprar en otro tiempo, acaso de bonanza.

Entre esta vendimia, pude reconocer un juguete infantil, visiblemente manoseado. Representaba un peluche que con una panza hueca, simulaba tener crías. Me imaginé el niño al que pertenecía, porque indudablemente algún día fue de un niño. Estarían de moda hace como ocho años. Quizá fue un regalo de Navidad. El hombre que entre otras cosas pretendía venderlo surgió en mi imaginación en una vivienda modesta, encontrando bajo la cama de algún adolescente (con su niñez pasada) aquél juguete. Enseguida lo desempolvaría y lo metería en el contenedor de objetos que piensa vender.

Al lado derecho del teatro, viéndolo de frente, hay una barda imprecisa color blanco, tal vez de madera. Enfrente de la barda y al lado de los vendedores hay un suculento puesto de garnachas. Pero considerado que está peligrosamente cerca de Lázaro Cárdenas decido omitir el hambre que tengo. Recargado en la barda, hay un hombre de color, visiblemente poco cuerdo, con un plato de plástico azul y alguna garnacha. Mastica, traga y luego escupe. Está sucio, tiene el pelo en rizos cerrados y algo largo. No me hubiera llamado tanto la atención si fuera un indigente color cobre o hasta blanco. Pero era negro. Me pregunté cómo había llegado ahí, quizá era turista. Pero los turistas tienen la cordura suficiente para no dejarse pervertir en un país extraño y que solo visitarán poco tiempo. Prefieren pervertirse en su propia nación, con sus reglas y costumbres.

Esperábamos que el semáforo se pusiera el rojo en la esquina de esa cuadra, justo enfrente del Palacio de Correos. Maravilloso edificio. Contrastante con la realidad que tenía atrás: el negro, la vendimia sin valor, el teatro de una institución de salud... Me llamó la atención que la puerta principal estuviera en la esquina pero lo entendí rápido: el edificio perdería su majestuosidad si relegaba la puerta principal a un costado. Dejaría de ser simétrico. Traté de recordar: Adamo Boari comenzó a construir Bellas Artes, fue interrumpido por la Revolución y continuó su labor algunos años después Fernando Mariscal. Excelente contraste, un italiano estirado y un bigotón arquitecto mexicano. ¿Mariscal era mexicano? Probablemente. Aunque tampoco sé si tenía bigote. No podrían haber trabajado tan bien juntos si lo hubieran intentado al mismo tiempo. Imaginé su interior. Solo había estado dentro menos de cinco veces, pero cada una grabó una viva impresión en mí: tenía color pero era elegante, era europeo, pero también mexicano, lo inició un “villano” nacional, pero sobresalen las obras de “los luchones” nacionales.

¿Fernando Mariscal hizo el Palacio de Correos o también fue Boari? No pude recordarlo. Se puso la luz roja vehicular.

Conocí el centro histórico alrededor de los doce años. Era peligroso y no había el valiente que me llevara. Hasta que se hizo del diario ir con mi mamá. A veces íbamos a ver a mi tío abuelo, que era algo así como acólito en la parroquia de San Felipe, ubicada en Madero, frente a los Azulejos. Miré la parroquia sin querer y de la misma forma recordé la última vez que vi a mi tío, en el hospital Gabriel Mancera. Me costó muchísimo trabajo llegar y mucho más pasar a verlo, pues era menor de edad. Tras explicar que su hija y parientes no estaban aquí (en el hospital, en el distrito, en el país, qué más daba) y que yo era la única que podía venir, me permitieron verlo. Tenía como quince años. Y tras recordarlo, lo imaginé ahora como estaba, en un asilo. Más de una vez mi mamá y yo nos lo encontramos vagando por el centro, era un viejecito activo, que siempre iba a visitarnos de traje y loción, obsequiándonos con dulces y a mi abuela con alguna crema comprada en la farmacia París (pues era la única persona consciente de cómo sufría ella cuando descontinuaron su crema de toda la vida, la crema de pepinos de ponds), a base de almendras o sábila. Todavía vivía mi abuelo. Mi tío vivía solo en el Estado de México porque las rentas ahí son más baratas y todos los días iba hasta el centro. Era su vida… o su vida después de su vida. Los primeros 30 años se esforzó por trabajar y ganar dinero, los siguientes 15 a hacer fiestas con el dinero de 30 años. Y la vida que le quedó la pasó en la iglesia como para conseguir perdón. Por querer dinero, por derrocharlo, es igual.

Lo que buscábamos el jueves 27 de septiembre del 2007 era un Burger King para satisfacer nuestro apetito, nada más. Así nos refugiamos en la sucursal de Madero y según nuestra costumbre comimos en la planta alta. Frente a nosotros había una ventana y cerca de ella estaban dos hombres hablando de negocios y de lo vivillo que era Joaquín. Pero hablaban más de lo que pensaban, así que me dediqué a ver el edificio vecino. En el sexto piso había un salón de clases interminables. Abajo habitaba algún anciano, deduje primero por las cortinas cerradas, apolilladas… cuando se asomó, confirmé mi teoría. En otra ventana se veían persianas, quizá un despacho.

No mucho rato después, casi frente a nosotros, se sentó una pareja. Supe que era una pareja por la forma en que se miraban, aunque casi no se tocaban. Supe que era más o menos frecuente que fueran a un lugar de comida rápida, porque ella sin verlo y él sin protestar, vació en la bandeja los dos paquetes de papas y les puso como veinte sobrecitos de cátsup. Ella traía vestimenta de chef, y sobre el corazón tenía bordado “Universidad Sor Juana Inés de la Cruz” en rojo. Hablaban, hablaban, él se reía pero ella no.

Ella no tenía una personalidad notable: ojos pequeños, nariz grande y de bolita, no muy alta ni mediana, más bien pequeña, no era hija única. Pensé que tal vez estaría enojada o sencillamente era así de amargada. Contrastaba con su acompañante: calvo, enorme, fornido, que se reía, que la quería y también tenía hermanos.

Al salir pensé en mi ella. Ahora que lo pienso, no solo al salir la pensé: cuando veo a la sociedad y al mundo, es inevitable que ella venga a mi mente. Porque está aislada, es tan indiferente a todo, no encaja. No es real, pensé más de una vez. Pero sí lo es. Solo que es otro mundo, otra faceta de la sociedad, de la psicología. Nada del centro histórico tiene que ver con ella: ni los oficinistas tomando café en Star Bucks en Gante, ni las personas que compran discos en el Mix Up de Madero, ni las que están en el Zócalo, en una manecilla gigante bajo la sombra del asta. Ella ya no tiene nada que ver con algo. Pero no me detengo mucho en estas cavilaciones y en seguida suelto alguna salvajada para hacer reír a mi acompañante.

Había pasado en otro tiempo por Gante: de noche, en un episodio significativo. Y fue contrastante encontrar una calle llamada Gante iluminada por el sol, la gente, el movimiento, la comida, los trajes. Una calle bien, una calle de moda. Imposible ver aquella tlapalería rascuachona, con el corcho que algún día había sido amarillo fosforescente en el aparador, pero ahora casi no tenía color y el corcho estaba destrozado por tanto poner y quitar mercancías. Pero no íbamos ahí, pasamos de largo y el dependiente ni nos miró, seguro estaba habituado. Un pasillo sin luz nos recibió, hasta salir a una habitación que ofrecía escaleras, a la derecha un almacén, al fondo los medidores y a la izquierda un elevador. Mi acompañante insistió en que no era un elevador, pero entonces encontré el botón que demostraba lo contrario. Tenía puertas que se replegaban a un solo lado, de madera, blancas, viejas. Un foco pelón era la débil iluminación del elevador. Un viejo edificio con un viejo elevador. En otro tiempo había sido un magnífico edificio con elevador. Elegimos las escaleras, medio rotas, que nos miraban con un aire ausente pero digno, ¿cuántas personas habrán subido aquellas escaleras? ¿Cuál fue la ultima persona que subió para no regresar a su departamento? ¿Cuál fue la última persona que se cayó en las escaleras cuando todavía no era un edificio comercial y abandonado? ¿Y el dueño? ¿Será el mismo que decidió construir aquél lujoso edificio? Mi imaginación me transportó a otros tiempos, mejores, había una fiesta, quizá de los cincuentas. Una muchacha, sonriente, con bucles y vestido rosa sonreía con la mano agarrando a un muchacho, con una sonrisa más reservada. Ambos bajaban las escaleras. Se estaban divirtiendo. Y el divertirse es superfluo algunas veces. El techo había revelado lo superfluo que era, cuando hace más de cinco años, calculé, que había sido víctima de la humedad y había cedido, dejando ver la instalación eléctrica y el esqueleto del techo. Eran hoyos enormes, por los que parecía que había caído alguien. Alguna Alicia, quizá, de alguna película de ¿Alemania? ¿Cracovia? Con un productor entre Disney y Buñuel. Me asomé al departamento del tercer piso, tenía ventanas hacia el pasillo. Sucias, con algunos obstáculos materiales. Dejaban ver lo que imaginé un consultorio. Tenía esos muebles que se ponen en las paredes, donde los trabajadores ponen sus tarjetas de asistencia. Había un escritorio con una lámpara, un cuaderno abierto y un lapicero lleno. Más allá, en la otra habitación, había una ventana que daba a la calle de Gante. No tenía cortinas y la visión por lo tanto era más clara: una cama alta, como de hospital; pintura rosa, descascarada. Se dejaban ver muebles similares a armarios. ¿Quién habría sido la última persona que entró?

Seguimos caminando, encontrando algunas puertas destartaladas, pero con un candado y una cerradura recientes. El lado izquierdo estaba desolado, el derecho solo ruinoso, pues había una producción maderera en su interior. Los hombres que trabajan, nos vieron y mi acompañante algo acobardado quiso retroceder, pero lo jalé hacia delante. No más valiente, porque si no me hubiera acompañado, yo tampoco hubiera seguido. Encontramos una ventana que daba a un patio interior. Pudimos ver las ventanas del piso, todas cerradas excepto una, la que parecía de un baño y en la pared tenía una consigna de Calderón. A un metro del piso del patio, se levantaba la estructura del tinaco. Un respiradero de aluminio parecía la columna vertebral, vieja, decrépita, seca, del edificio. Recuerdo un zumbido molesto, como de una caldera. Una ráfaga de aire trajo una propaganda rosa de una sex shop desde el cielo y la depositó en el suelo de cemento, tapizado cada centímetro de hojas de calendario. Traté de ver los años, pero desde donde estaba era muy difícil. Pensé que era raro que estuvieran secos y así descubrí el domo que lo cubría. Entonces me pregunté de dónde podía haber salido la propaganda. Mi acompañante y yo nos miramos. Él más que cara de curiosidad, tenía cara de Berrinche.


Comments:
Si te diera la gana, si estuvieras dispuesta a dedicarle la disciplina necesaria,si quisieras pasar unos años puliendo tu estilo, serías una de las grandes escritoras de tu generación.

La gloria, Aquiles, la gloria.
 
Ah sí, hacer memoria de los momentos agradables en Edén, porque no gusta recordar malos momentos, solamente aquellos del paraiso terrenal.

Y yo me acuerdo muy bien de ellos.
 
no se los demas.. pero yo me quede con ganas de saber mas acerca de la sex shop
 
1. El nombre del arquitecto mexicano que completó el palacio de Bellas Artes fue Federico (no Francisco) Mariscal. Mariscal fue responsable principalmente del interior (en estilo "art deco"); el exterior es fundamentalmente responsabilidad del italiano Adamo Boari.

2. Mariscal no tuvo nada que ver con la construcción del edificio del correo central (obra de Boari), que inauguró Porfirio Díaz en 1907. Sin embargo, diseñó el Teatro Esperanza Iris (hoy Teatro de la Ciudad) y el nicho/pedestal de la llama eterna en el monumento a la Independencia (de Antonio Rivas Mercado). Se cuenta que Boari ocupó el segundo sitio (por mano negra) del concurso para el diseño del Palacio Legislativo (que acabó siendo el feo Monumento a la Revolución, a manos de Carlos Obregón Santacilia), y que en compensación se le otorgaron las comisiones para diseñar los otros dos edificios.

3. Tampoco sé si Mariscal tenía bigote.

4. Tan-tan.
 
http://www.geocities.com/ciepfa_unam/mariscal.html

¡No tenía bigote!
 
En detalles cultos que no sé a ciencia cierta, generalmente o me reservo o investigo, pero como se trataba de seguir el hilo de aquél día me arriesgué a poner las cosas cultas (ahora veo que no tanto) tal cual me salieron.
Y todavía pensé "A ver si no llega alguien a corregirme". Y otra voz en mi cabeza dijo "Va a llegar, siempre llegan" y las dos voces nos reímos.
Gracias por las correcciones, hoy sé más que ayer. (Aunque no recuerdo cómo lo redacté, pero al final sí trabajaron juntos, pero separados, Boari y Mariscal)
Mariscal, en esa foto, se parece a mi tío el semi-sacerdote. No le queda el bigote.
Diego: pues mira, la sex shop era rosita y tenía de todo, incluso cabinas. Luego te sigo contando.


Agradezco los dos primeros misteriosos comentarios....
 
wow increíble!
que viaje tan mágico!!
Un placer sería caminar en las calles del centro historico a su lado.
 
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