martes, agosto 11, 2009

 
¡Anda!

Hace años que no entraba. Incluso había olvidado mi contraseña de Google Counts.

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Lamento tanto haber dejado de escribir en este blog... Si alguien me pregunta, fueron las presiones sociales. De hecho me costó trabajo volver a iniciar.

Snif

jueves, mayo 08, 2008

 

Feel For You - Nightwish

Al formar parte la vida y dejar de encerrarme en un sarcófago, dulce sarcófago, caigo en la rutina. Es una cosa totalmente natural. Al salir de mi casa si estoy más o menos arreglada un repartidor de volantes me obsequia uno y una gran sonrisa también, invitándome al club nutricional (lo señala) Para hacer más atractiva la invitación dice que habrá té helado gratis mientras me explican las ventajas de pertenecer al club. Yo le doy las que gracias y digo que analizaré su propuesta en el camino, mientras guardo el sencillo volantito en mi ominosa mochila.

Si voy de playera o con una mascada en la cabeza o jeans que no me ajustan, su vista pasa a través de mí, buscando alguna señorita de mejor vestir. El Volantero con Personalidad Múltiple o Mala Memoria.

Si salgo a las 9:15 ó 9:45 encontraré el camión hacia Tulyehualco en la calle Morelos. Si es otro horario, tendré que subir a un microbús. Sin excepción, al transporte que aborde subirá a anunciar su producto el vendedor de El Gráfico y el Gelatinero. Saludarán afectuosamente al conductor y discutirán el partido de anoche, el de esa noche, el del domingo pasado o el del domingo que viene.

Ver los mismos comercios del día anterior con los mismos encargados haciendo las mismas cosas. Limpiándolos, viendo al vacío, acomodando sus productos, trabajando, quitando los candados para abrirlos.

Un señor que vende pollo con un delantal blanco. Atendiendo, observando o sentado. Una papelería que no tiene copias y un letrero de “No hay copias”. El laboratorio de San Luis, vacío. Y la carpintería. Antes tenía el placer efímero de observar a un hombre maduro, alto, blanco trabajar la madera para convertirla en mesa, silla o perchero, aunque el producto final tenía que adivinarlo porque a esas horas apenas estaría tallando la madera. Lo curioso es que él la mayoría de las veces alzaba la vista cuando yo pasaba por allí.
Por un largo tiempo, la carpintería no abrió: solo quedaban las sombras del aerosol protector de madera en la fachada. Sonrisas olvidadas en posturas congeladas a la espera de música. Y un eterno anuncio “Se solicita ayudante”
Una vez, pude ver al carpintero adivinador (adivinadores ambos: yo adivinaba sin saber si acertaba qué producto estaría elaborando. Él elaboraba adivinando qué sería. Se equivocaría alguna vez pero la madera es noble y nunca se queja si cometemos errores) muy temprano, sentado en la banqueta con la carpintería cerrada a sus espaldas. Lucía ajeno, aunque vestía igual que siempre: una sudadera azul cielo, pantalones de ropa deportiva e incluso en esa visión fugaz podría decir que todavía tenía astillas en las manos. Pero ajeno. Como si el negocio fuera más bien el que le estuviera dando la espalda al carpintero. Como si lo hubiera expulsado cerrando la cortina y el hombre estuviera aún desconcertado. Supe que difícilmente lo volvería a ver.

Al día siguiente él no estaba, ni el que siguió y al poco tiempo el letrero solicitante desapareció en un mal trueque y apareció un hombre bajo y moreno, con la tez marcada y bigote.

La carpintería es próspera, pues toda clase de juguetes aparecen adornando la banqueta, en rosa, azul, verde, negro, blanco y un nuevo carpintero trata de adivinar lo que se esconde en la madera.

La rutina me absorbe: me pregunto cada día qué habrá pasado con el hombre blanco y lampiño al ver una construcción aún en proceso. Siento desazón e incomodidad. Esa persona formaba parte de mi rutina y desapareció. Se veía interesante y me complacía en formar cuadros (con marcos de madera adivinada) acerca de su psicología. Por ejemplo, nunca lo vi reír. Ni siquiera sonreír. Adiviné (en mi turno) que era una persona seria, pero que veía la realidad. Quizá no muy avispado, pero no era tonto. Sonreiría de manera secreta en su casa, con su familia. Nada más, nunca más. Responsable… pero si lo era ¿por qué renunció? Problemas personales, probablemente, con algún otro trabajador o con el dueño. ¿Por qué supe desde el principio que no era el dueño? Porque tenía pinta de buen hombre al que no le han salido bien las cosas.

Siempre es más fácil pensar lo peor, porque lo bueno no es cotidiano. Quizá era el dueño, pero se sacó la lotería y traspasó la carpintería. Quizá era un trabajador, pero se sacó la lotería y renunció para poner su propio negocio. Quizá se mudó de colonia, delegación, estado porque su madre enfermó y debía cuidarla. Su hermano, su padre, su tía solterona. Puede que haya conseguido otro trabajo mejor. O no y él y su familia estén incómodos porque él esté en casa sin hacer nada productivo. Sería una verdad velada, nadie se atrevería a mencionarla por más tentación que sintiera. Esa tentación sería casi irresistible en las silenciosas comidas, cenas, con sus hijos y su esposa. O no. Puede que trabaje en otra cosa productiva ahora y se esté ganando la vida bien y ni siquiera tenga familia, solo un gato o un perro o viva con su numerosa familia de hermanos y padres.

Dejando al carpintero y a su enigmática existencia, llego a Tulyehualco y observo al vendedor de Metro con su uniforme rojo y la mano en alto, anunciando su producto. Las ópticas abiertas y una zapatería que apenas abre. Un puesto callejero de tacos y un vendedor de jugo. Últimamente un vendedor de gelatinas que solo abre la puerta de su casa y pone una mesilla alta con gelatinas de $4.00. La vendedora de cosas de brujería (velas, hierbas, santos). Enfrente de la casa de empeño con fachada roja un vendedor de fruta. Luego un señor que vende cosas de plástico y siempre lleva sombrero, sentado en una gran piedra. El eterno carrito repartidor de Bimbo ahí estacionado con un puesto-triciclo ambulante, vendedor de tacos. Atravesar la avenida y observar el mercado en la acera recién dejada con los jugos Mary y los nutritivos desayunos de doña Tacho. Mirar al frente y ver sin mucho interés los titulares de los periódicos, las revistas disque porno, las porno y las de niños, todas mezcladas en temas y colores incompatibles.

Observarme en el espejo de la farmacia de la esquina. Oler la fruta de un puesto callejero. A veces piña, sandía, mango. Fruta picada que destila su fragancia para atraer primordialmente a insectos y animales y en la civilización, resignada, trata de atraer a los hombres para no pudrirse y que su existencia tenga significado.

Preguntar cuál va a El Rosario y pagar al subir.

Las horas marcan las acciones y los sentimientos. ¡Ya son las tres! ¡desde las dos tenía que sentir y pensar en tal o cual cosa! ¡Qué descuidada!
El cuerpo, la naturaleza humana se adapta a ciertos horarios, él o el cerebro o la costumbre se siente segura de no salir de ellos.
Ridículo. Consultamos al oráculo de cristal y símbolos antes de hacer cualquier cosa. Nos rige y nos resignamos, incluso nos alegramos.
Pero quizá sea solamente inevitable.

martes, abril 15, 2008

 

El Mundo Futuro - Mecano

No, no he pensado en el futuro. No estoy pensando en el futuro. Sigo pensando solo en el presente, como si aún estuviera en primaria.

Pero la realidad es que ya casi tengo 19 y sé hacia dónde voy ni qué haré de mi vida y ni siquiera dónde estaré en medio año.

Bueno, primer paso: aceptación ¿no? ¿Y luego? Tendría que sacar un mágico plan de acción para planear mi futuro y de paso sentirme satisfecha conmigo misma.

Claro, terminar de estudiar podría ser un comienzo. También podría empezar a mejorar mi inglés. Si es tan evidente el sendero principal para mi futuro ¿por qué me cuesta tanto trabajo entender la importancia de hacerlo?

Creo que debo de hacer más y preguntarme menos por qué no soy capaz de entender la vitalidad de estos momentos de mi vida.

lunes, marzo 10, 2008

 

Canción Moderna

Entra el chico que me recuerda a una canción de Emmanuel Horvilleur. Radios creo que se llama. Como efectos especiales, suena en mi cabeza parte de la canción

Y donde están esas radios modernas
que pasan esa música
que me hace tan bien
me transportan
a donde no importa
si solo sé que nos hace
bien bien

Y me pide una computadora.
Sobre algo iba a escribir, y no aquí, pero qué más dá. Tengo ganas de ir al baño y de irme. Bueno, ya, ya, en media hora.

sábado, marzo 08, 2008

 

Propina

Llega un tipo (dientes irregulares, labios gruesos, simulacro de vello facial yo diría que más bien era pelusa de calcetines, pelo chino al cual le debe su apodo y lentes) y dice

- ¿Me puedes prestar la computadora del fondo?
- ¿La de allá? – y señalo la cuatro, la más apartada de la civilización
- No, la del fondo.
- Ah… ¿esa? – y señalo la 9, la más apartada del plano real, pues no es más que un monitor sin enchufe y un PCU al que le falta un monitor.
- No, aquella – y señala hacia la 4.
- ¡Ah! ¡La cuatro! ¡La de ALLÁ! – digo con notable extrañeza en la voz.
- Sí

Tras prenderle la computadora, me alejé pensando que qué mierda se meterán algunos rancheros de Tláhuac.
Y yo, como siempre, en mis rollos: Internet Explorer, audífonos y música a todo volumen… y de todas formas me di cuenta de las miradas de El Chino. Me recuerda a algún actor, pero no recuerdo con precisión su nombre. Prefiero no darle intención a esas miradas. Digo, a lo mejor estaba esperando a que abriera alguna página piernográfica y volteó a otro lado y en eso nuestras miradas se toparon. Sabrá Dios.

El chiste es que se pone de pie, yo me quito los audífonos para oírle preguntar que cuánto es. Pero en vez de eso, me alcanza una moneda de 10 pesos y yo pensando “Qué mamón ¿por qué no puede preguntar cuánto es aunque ya sepa y ya entonces, darme la moneda de diez?”. Me la da, se la recibo y él me da las gracias, sin dejar de caminar. Y yo pensando “Pues qué pendejo ¿no? Encima de que no me pregunta, ni se fija en el programa que cuenta el tiempo de la computadora” (aunque no es personal, digo, aunque el tipo tenga cara de perdedor lascivo, a veces pienso agresiones similares contra otros clientes prepotentes o que parecen desagradablemente seguros de sí mismos) Pero en vez de decirle eso, le dije

- ¡Espera! ¡Tu cambio!

Y él

- Gracias

Sin dejar de caminar y sonriéndome (también con los ojos, aunque yo diría que ese gesto no era una sonrisa, sino la expresión de ya sé que es menos de diez pesos, pero quédate con el cambio, linda), haciendo señas de despedida.

Sin saber qué pensar (agresiones, arrepentimiento, afirmación, estonuncamehabiapasado, ¿qué? ¿propina?), me dejé caer rojarroja sobre mi silla.

domingo, marzo 02, 2008

 

Una pequeña cita

Tras incontables semanas de posponer una cena de pizza, por fin el sábado pudimos coincidir en tiempo libre para (atascarnos) pasar juntos una tranquila velada.

En la monotonía mía de cada día, salí a las 7 del cibercafé, esperé pacientemente una combi que me llevara a Tulyehualco. Al bajar al pueblo chico, tuve que recorrer una pequeña distancia hacia el camión que me llevara al pueblo grande (no tan pequeña los sábados, pues en estas inmediaciones culturales, un simple tianguis de tres cuadras puede trastornar los medios de transporte, obligando al paradero a desplazarse dos cuadras más lejos de lo usual).

Nuestro eficientísimo sistema de comunicaciones le permite calcular mi hora de arribo (desde un teléfono público me permito depositar el monto de una llamada a celular y dejarlo sonar una vez, antes de colgarlo precipitadamente, pues no vaya a ser la de malas que se le olvide nuestro código y el presupuesto de la noche se vea reducido en $6.00. Tras la fugaz llamada, sobreviene otra, donde su celular tendrá que estar apagado para darme a entender que aguardará en un lugar convenido mutua y anteriormente).

Luego esperar a un RTP que no le urja llegar con la familia en tan bonito sabadín, sabadete. En la fila, una muchas veces encuentra especímenes interesantes o conocidos: de lunes a viernes me topo con determinadas personas (un adulto en plenitud con un bordado de CONADE en la petaca y una mochila negra, otro adulto en plenitud que religiosamente lunes, miércoles y viernes compra una bolsa enorme de pepitas que va devorando en la fila y come minuciosamente ya en el camión, guardando la mitad para el día siguiente. Los sábados se sube una familia joven, de no mucha cultura. El hombre va en muletas y la mujer lucha con su pequeño renacuajo y una mochila con ruedas que, apostaría, nunca ha rodado por el suelo debido a las prisas e inseguridades de su dueña). Y ayer pude notar nuevos pasajeros: una mujer neurótica que insistió en que 5 minutos antes estaba formada y por lo tanto, tenía derecho a volver a ocupar su lugar sin que a la gente restante (yo) debiera importarle. Todo esto discutido con su hija, de unos 13 años, igual de neurótica, pues reía de forma nerviosa y cuando no lo hacía, trataba de explicarle a la madre que si uno se desformaba de una fila, perdía el lugar irremediablemente y tenía que ponerse a la cola.

Con el acostumbrado viaje sin tropiezos, llego por fin a mi destino, sin poder resistir una sonrisa al notar que trata de esconderse tras una cabina telefónica… sin mucho éxito, dado el mochilón que trae.

Como primera opción visitamos una pizzería donde por una pizza (picsa) mediana cobraban el doble de lo cotizado ($90.00) (aunque bueh, daban dos pizzas (picsas) por el precio de una). Es decir, nuestro plan era ir a la calle Violeta, donde en un puestecillo frente a una estética daban las pizzas (picsas) a un precio decente con un sabor más que decente ($45.00). Así despreciamos la primera opción y nos dirigimos a la opción original, comprando soda en el camino.

Emocionados, trepados en el camión que debía dejarnos justo enfrente del puestecillo pizzero (picsero), el sentimiento declinó al observar que no se había puesto el puesto y que la estética ni siquiera estaba abierta. Asustados, nos miramos, con la pregunta en la cabeza y sin atrever a formularla ¿Y ahora? Nuestras cabezas vagaron por los lugares de comida de la zona y seguro recayeron en aquél local de tacos al pastor, quizá de los mejores de Xochimilco, cerrado hace más de un año por una mala apuesta de su propietario: lo perdió en una pelea de gallos.

No muy convencido, pero sí desesperado, sugirió una pizzería (picsería) de Caltongo, a un par de cuadras del embarcadero. Entonces, cambiamos de ruta. De la 36 a la 81. De la crema y nata de la calle Galeana, a la crema y nata de San Gregorio, que mas bien podría decirse que es el grano y cabeza del pozole de San Gregorio.
Como en el plan original, el microbús nos dejó enfrente de nuestro objetivo. Lo recurrente de la noche, la emoción se fue abajo al ver que el local estaba hasta su madre, expresión cortesía de mi acompañante nocturno.
Pero ya estábamos en tierra caltonguense y sin otro avistamiento de queso sobre pan, así que decididos, casi agresivos, entramos en el local. Estaba caliente y ruidoso. Como una cantina, pero familiar.

Más hambreados que hambrientos, nos decidimos por una pizza grande de $125.00, casi el triple del presupuesto inicial. Al 2 x 1, una fue “Oliver” (atún, aguacate “salami”, cebolla, pimiento y champignones) y la otra combinada (salchicha, salami, cebolla, pimiento, chorizo).

Conforme la conversación avanzaba, el local iba desocupándose: la mesa del fondo ocupada por dos jóvenes quedó un poco desordenada: servilletas medio usadas y arrugadas esparcidas por la superficie y dos platos con orillas de pizza y pedazos a medio comer. La mesa central compuesta por dos ídems y ocupada por una familia escandalosa permanecía de pie solo gracias a lo asombrada que estaba: su estado era deplorable, con por lo menos diez latas de refresco, algunas estrujadas, mudos testigos de aquella tragazón sabatina. Por lo menos veinte servilletas inútiles, como tierra levantada a la explosión de una granada. Incontables migajas en mesas y sillas. Grasa de queso en forma de huellas digitales en el plástico de las sillas. Una escena del crimen violenta y deprimente. Tanto así, que el mesero-cocinero-cajero se negó a limpiar la mesa y tuvimos que hacerlo nosotros para salir del triste rincón en el que la sociedad nos empujó.

Cuando trajeron (aventaron sobre el mostrador) las pizzas, comenzó un programa interesantísimo (sobre la vida de Carmen Salinas) por el cual preferí cambiarle de canal, puesto que no podría ponerle toda la atención del mundo. Pero al pedirle permiso al mesero-cajero-cocinero, éste argumentó sencillamente que no tenía botones. Bueno, ¿entonces me permite el control? Y con lágrimas en los ojos, me confesó que un día se lo habían llevado por haberlo dejado en la mesa cercana a la puerta. Totalmente frustrada, acabé por apagar la televisión y disfrutar de nuestras suculentas pizzas y de mi compañero. Era el momento perseguido durante semanas. Y por fin estábamos juntos, comiendo tranquilamente sin un tema de conversación definido.

- ¿Sabes qué haría de esto perfecto? – pregunté – Que lloviera.

Tras la frugal cena (nos comimos tres rebanadas por cabeza, cosa totalmente extraña para nuestros vuelos), caminamos del centro de Xochimilco hacia mi casa.

Entonces le confesé la constante sensación de irrealidad que me acechaba. Al ver la iglesia del Rosario, rodeada de poquísima luz cálida, no pude pensar otra cosa. Esto no puede ser real. Y si lo es, carece de importancia. Nada tiene importancia. Todo flota, sin significado.

Sería un engaño decir que reparé en una vecindad cercana a mi casa. La verdad ni siquiera la voltee a ver. Si lo hubiera hecho, quizá habría notado unos ojos espiando por las ventanas superiores a que se acercara alguien para arrojarle agua. Y cuando el agua cayó sobre nosotros, sentí un exagerado impulso de supervivencia que me llevó a correr unos tres metros arrastrando a mi acompañante. Claro, él estaba igual de azorado. El pobrecito estaba tan nervioso que por puro compromiso tocó la puerta de la vecindad, aunque nadie creía que responderían (ni él, ni yo, ni los metiches que nos miraban, ni los que nos echaron el agua). Igual por compromiso, echándome miraditas para conseguir mi aprobación y no muy seguro de sí mismo, les gritó que eran una bola de pendejos.

Al llegar a mi casa nos miramos un momento, con caras de enfurruñados

- Bueno… pero tú querías que lloviera ¿no?

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